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“Tango viril y canyengue, aristócrata y senciyo, más dentrador que cuchiyo, y... ¡pa' qué tanto merengue! Naciste con bota y lengue en el ambiente oriyero y el invicto juchinero más bailarín y más piola te estrenó con fueye y viola entre el
franguyo ranero.” El tango, o más bien sus
letras, tratan en mil y una ocasión y de muy distintas maneras, la
relación de la mujer con la sociedad machista de fines del siglo XIX y
principios del XX. Mientras trata de
colocar al malevo y compadrito como un ser fuerte y que atraviesa el
mundo chocando filos de cuchillo, a la mujer la coloca como utensilio
necesario para que ese macho pueda ser compadrito. Pero singularmente, en
las más de las ocasiones no lo consigue, pues a los autores de las
letras, ese macho bravío se le esconde en un rincón a llorar por una
mujer (y como una mujer). No importa por cuál: su madre, su novia, su
paica, su mina, la reina del cabaret, la rubia Mireya o la Morocha. No
importa tampoco su nombre: Malena, Margot, María, Ivette, Ivonne, Felisa
o Felicia. Como además el tango y
sus letras sobre todo, son una verdadera historia sociológica de los 100
barrios porteños y del Montevideo de la época, cuentan sobre esa extraña
danza sensual y sexual, que ésta empezó a ser bailada entre dos
¿hombres?; ¿cómo pudo ser esto si la danza era sensual? No hay que olvidar que
las dos ciudades-puerto eran el refugio de tantos inmigrantes que habían
llegado solos a estas tierras, en su mayoría españoles e italianos, pero
también rusos, polacos, húngaros, judíos… “Brillando en las noches del puerto desierto, como un viejo faro, la cantina está llamando a las almas que no tienen puerto porque han
olvidado la ruta del mar.” En los siglos XVIII y
XIX en Europa la danza era cosa cortesana y no en pareja sino en
cuadrilla; la danza de las clases bajas era “cosa de hombres”: soldados
(como los cosacos, escoceses o griegos), obreros (como los sicilianos y
napolitanos), gitanos (como los húngaros y españoles), por lo que no era
de extrañar que en Montevideo y Buenos Aires hicieran lo mismo,
extrañando su tierra y su mamma. No creían que por ello
perdieran su hombría, la que demostraban al poco tiempo de “sentir” los
roces del cuerpo de otro hombre y un tango ente dos hombres podía muy
bien terminar en “duelo criollo”, a fin de que nadie se diera cuenta de
lo que habían “sentido” recién. « ¡Macho! Muy pocos saben lo que es. Yo lo aprendí de muchacho y no es pa' todos ser macho de la cabeza a los pies.”
La salvación para ese macho surgió cuando pudo bailar con una mujer y no caer en el homosexualismo. (No hay que olvidarse que la soledad es mala consejera). “Placer de dioses, baile perverso, el tango es rito y es religión; orquestas criollas son sus altares y el sacerdote, su bandoneón. Quiero sentirme aprisionado como en la cárcel de mi dolor, guarda silencio, mitad de mi alma que hay un secreto entre los
dos.” ó “Miró su cuerpo masculino desnudarse en el espejo, soltó su pelo largo y como un rayo le partió en dos la cara, descaradamente se ponía rimel negro en las pestañas y la boca roja se pintó como La Moria y esos besos que deseaban... los señores que pagaban...” Recién ya bien entrada
la primera década del siglo XX fue que algún macho “se animó” a bailar
con una mujer y lo más posible fue que fuera a instancias de ésta, o la
madre o la tía o la hermana, mayores que él. “Si se le da la ocasión, de bailar un tango arrespe, encrespe su corazón, de varón sentimental. Y al revolear mi percal, márqueme su firulete, que en el brete musical se conoce, la gran siete, mi prosapia de arrabal.” Allí cambio casi toda
su actitud y convirtió al tango en general y a su danza en particular,
en parte de su vida. “Vestido como dandy, peinao a la gomina y dueño de una mina más linda que una flor, bailás en la milonga con aire de importancia, luciendo la elegancia y
haciendo exhibición.” Desde ese momento el
“hombre” se derrumbó, fue para siempre atrapado en los brazos de una
mujer…y la endiosó. “Sacerdotisa del tango, que en los salones de rango, bailas en brazos de un hombre que luce el renombre de gran bailarín.” Y ya no tuvo que bailar
más con otro hombre, y en los 3 minutos que dura un tango, de la mujer
se enamoraba y a ella se entregaba. “Al compás dormilón de nuestro tango, con mi brazo ciñendo tu cintura, murmurando mil frases de cariño, entreviendo mil cielos de
ventura.” Y sabía que era en el baile donde mejor
podía expresar sus sentimientos… “Bailemos como antes,
cariñito, abrazados, bien juntitos, sólo un alma entre los dos...” …y le expresó de mil maneras su cariño…
…y cuando no lo conseguía, se encerraba a llorar en el pecho de la “mamma”.
Después empezó a
pensar en lo que había dejado de lado “por culpa de esa mujer”, el
barrio…
…los amigos…
Pero al tiempo…empezó a lamentarse por la mina perdida y a rogar porque volviera “la que se fue”
Pero como con
despreciarla no alcanzaba, empezó a sentir pena por si mismo y buscó
consuelo en el alcohol.
Después desconsolado, acepta su destino…
porque tengo odios que nunca los digo porque cuando quiero, porque cuando quiero me desangro en besos porque quise mucho, y no me han querido por eso, canto, tan triste... !por eso! Hernán Zunín 19/01/2009
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